Capitulo I - De paso por la vida

 A horas de su partida, Joaquín se veía en el espejo; entre algunas maletas cerca de la cama, dos cajas robustas encima del escritorio y una toalla colgando de la puerta del baño, esperando secarse, que parecían recordarle lo que dejaba atrás.

Cuando la cremallera de la maleta se atascó a mitad de camino, Joaquín resopló y decidió volver a abrirla. Sacó una camiseta gris que terminó sobre la cama, inseguro de querer llevársela.

Fueron años intensos. Meses llenos de experiencias inolvidables y semanas que era mejor echarlas al olvido, porque todo empezaba a llegar a su fin.

Sin dudas, la experiencia de vivir en el extranjero había sido una vida dentro de otra. Las imágenes de esa mezcla de momentos se presentaban como un carrusel de recuerdos imposibles de borrar, ni de repetir.

Acarició su rostro y reconoció los cambios externos. Algunos eran imperceptibles; otros, más profundos, solo se sentían. Y eran esos los que marcaban su verdadera evolución, sobre todo, en sus acciones, y sobre todo, en sus emociones.

Sentía que era ilógico tener sentimientos encontrados por cosas que, hasta hacía un tiempo atrás, no significaban nada. Incluso un simple espejo, desgastado por el tiempo, le parecía demostrar desesperanza ante lo que no iba a poder ser. La cortina de desteñida que tantas veces lo había protegido de la luz exterior ahora le parecía de solada, como si lamentara la partida de otro huésped. La puerta del armario todavía se cerraba con esfuerzo, y Joaquín pensó que la vida continuaría. Cada cajón de la mesa de noche, cada estante, parecía un cronómetro. ¿Habían sido muchos o pocos esos tres años?

Mientras repasaba los recuerdos comprendía que no se trataba de medirlos, sino de sentir cómo el tiempo se había acumulado como polvo entre los libros, esperando al próximo inquilino.

Observó el perchero en un rincón, quieto como siempre, sostenía los abrigos pesados. La ventana estaba abierta para que entrara el aire fresco, y las paredes le parecían inmóviles, como si nada cambiara a su alrededor.

La habitación, silenciosa, respiraba soledad, y él percibía el peso de los últimos momentos en ese espacio. No era la soledad de estar solo, sino la de dejar atrás todo lo que lo había acompañado y que ahora quedaba suspendido en un aire que ya no le pertenecía.

Joaquín, nacido en Uruguay, había emprendido su viaje al Reino Unido en búsqueda de nuevas experiencias, sin saber qué se encontraría. En su interior, tenía la necesidad de dar un giro a su vida. Siempre se había sorprendido con aquellas sociedades del otro lado del mar que veía en la televisión o leía. A la hora de buscar horizontes, aquel país le pareció el más oportuno; al menos podría aprender un nuevo idioma durante el tiempo que pasara allí. Mitad excusa, mitad verdad.

Habían pasado tres años desde que había entrado por esa puerta, marcando el inicio de lo que sería su habitación y su mundo interior. Para él, esos años habían sido una vida completa.

Era viernes por la mañana. Al día siguiente, a las diez a.m., su habitación debía estar vacía y limpia. La alfombra, que había sido base en épocas grises, pronto sería pisada por alguien más; sin embargo, para Joaquín se cuarto era algo más: era el hogar que había construido con risas, silencios y pequeños rituales diarios; el hogar que no estaba en las paredes ni en los muebles, sino en lo que él y quienes compartieron allí su vida habían dejado impreso en cada rincón.

Alguien golpeó la puerta: era Juan, su compañero de piso. Recién llegado del trabajo, quería saber cómo estaba Joaquín. Varios años menor y vecino de puerta, Juan había arribado a la ciudad el mismo mes que Joaquín, hacía tres años. Trabajaba en un café y, gracias a su dedicación, ya formaba parte del grupo de encargados de turno, un puesto reservado para los responsables con «experiencia»; detalle no menor para un británico.

Ambos se hicieron amigos entre debates sobre ollas a la hora de cocinar, reflexiones de sobremesa en los sillones de ese living compartido; hoy silencioso ante la nueva partida.

—¿Te acordás cuando casi incendiás la cocina? —preguntó Juan.

—No fue para tanto. —Joaquín soltó una risa corta mientras seguía doblando ropa.

—Se derritió la espátula. La espátula.

El silencio a continuación se sintió cómodo. Familiar.

—Igual... fue buen año es —murmuró Juan.

Sentado sobre la cama y como si fuera la última reunión en tierras extranjeras, Juan le recordaba a Joaquín el día que se conocieron y cuál había sido su primera impresión. Después de todo, con algunos se recuerda el momento exacto en que se ven por primera vez; como si nuestra memoria, a veces caprichosa, nos reflejara para siempre esa ocasión de tantas otras.

—Cuánta vulnerabilidad dan los comienzos —so estuvo Juan mientras le daba vueltas a una credencial vencida del instituto donde acudieron a sus primeras clases.

Empezar de cero no es fácil, y menos en un idioma de sconocido.

Joaquín pensó que ese fue un momento de verdadero nacimiento: un instante en que debía depender de los demás y, al mismo tiempo, encontrar su propio camino.

Durante todos esos años alejado de su familia y amigos, esperaba haber aprovechado al máximo la experiencia. Mientras vaciaba el cubo de barra y empacaba como si cada objeto pesara más por su significado que por su tamaño, Joaquín pensó que no solo se trataba de meter ropa en la maleta; estaba escogiendo pedazos de sí mismo para llevar. Una versión de lo que había sido, del tiempo que necesitó para decirse «bienvenido» y para dejar atrás aquello que ya no encajaba con quien se había vuelto.

Juan, como un testigo invisible de su vida personal, siempre había estado allí. Era una de las pocas personas que lo conocía en la intimidad, que comprendía la sensación ante lo desconocido que solo calma la empatía, que tenía miedo, incertidumbre y buscaba respuestas, al igual que él. Pared de por medio, entre una habitación y la otra de ese piso como de otros alquileres temporales que habían compartido, se había vuelto imposible determinar cuánto pueden saber de nosotros las personas que nos rodean, y aun así, muchas veces las desestimamos creyendo que no tienen una puta idea.

Desde su desayuno preferido hasta el horario en el que llegaba a casa, Juan podría haber sido su biógrafo de Joaquín y, por qué no, un hermano; en más de una ocasión, habían jurado ser familia.

Los compañeros de piso tienen una misión de la que poco se habla: así como ciertas convivencias matan, otras sacan lo mejor y lo peor de nosotros, nos acercan a nuestra mejor versión y hacen que el camino sea más llevadero, sobre todo cuando estamos igual de perdidos. Nos obligan a enfrentarnos a nosotros mismos, si estamos dispuestos a hacerlo.

Juan y Joaquín sabían que la vida continuaría, pero ya no sería igual; lo que allí habían logrado era improbable que se volviera a repetir. Por más que las esencias no cambien, los personas sí lo hacen según tengan enfrente: lo que se dice y lo que se hace siempre tendrá un sentido diferente dependiendo de quién sea el receptor.

Hacia el mediodía sonó el timbre. Los hombres se miraron sorprendidos; no esperaban a nadie. Del otro lado del portero eléctrico, sonó una voz con acento español.

—Hola, perdón... *Hi, I'm Eleonora. Can or could I talk with Joaquín?*¹

Joaquín bajó y abrió la puerta.

—Hola, soy yo —respondió en español.

—¡Gracias a Dios!

Eleonora, madrileña, acababa de llegar a la ciudad. A través de amigos, había encontrado la misma agencia que Joaquín había utilizado, como si los destinos se cruzaran para recordarnos que siempre buscamos un lugar al cual pertenecer. Era la nueva inquilina que ocuparía la habitación que quedaría libre al día siguiente, pero Eleonora no pudo esperar. Decidió presentarse sin aviso para asegurarse de que había hecho la elección correcta, basándose únicamente en las fotos que le había dado la agencia.

Joaquín notó los nervios y el frío de la joven en el portal, su expresión perdida por buscar respuestas que ella ni ella misma sabía que necesitaba, y no dudó en invitarla a pasar.

—Eleonora, aquí tienes tu nueva casa, tu espacio que, a partir de mañana, será solamente tuyo —le dijo mostrándole el cuarto e invitándola a tomar asiento en la única silla libre.

Tímida y confundida por la hospitalidad, ella le dio las gracias, pero permaneció de pie junto a la puerta, para no invadir, mientras retorcía las mangas de su fino abrigo entre sus dedos. Joaquín reconoció enseguida esa incomodidad. La misma mezcla de ansiedad y de desconcierto con la que él también había cruzado esa puerta por primera vez, años atrás.

—Solo quería ver la casa —respondió titubeando mientras observaba a su alrededor.

Llevaba unos días en la ciudad, en un hotel del centro. Había dejado Madrid después de colgar su máster en Derecho Empresa rial en su habitación ratal, decidida a independizarse y aprender otro idioma. Tanto como Joaquín y Juan pensaron en su momento, ella creyó que eso le abriría puertas a un mejor empleo. Al menos, para Joaquín, aprender inglés en el extranjero era un requisito colectivo para aquellos que no saben cómo encarrilar su vida; indagando más en los deseos que lo habían motivado a emigrar, se preguntó si esas razones iniciales habían sido el verdadero motivo o no. Si había camuflado con una cosa justa aquello interno por lo que muchas veces no se encuentran palabras. Para Joaquín, no debía haber muchos que se mudaran al extranjero con ideas tan claras. Algunos lo hacían por el idioma, otros por la experiencia... pero en el fondo, todos huían de algo.

Ya sea por insatisfacción o por mera desesperación, el ser humano postega ciertas luchas internas para, de alguna manera, encontrar una nueva forma de vivir.

En el caso de Joaquín, no solo había sido el inglés. Él quería encontrar nuevos caminos que lo condujeran a hacer cosas distintas para hallar uno más propio y, quizás, no tan distante de los trabajos en los que se había desempeñado anteriormente.

Las razones de Juan eran otras. A pesar de que su nivel de inglés no era bueno porque nunca lo había siquiera intentado estudiar, al menos estaba a salvo de su casa familiar, y a la cual todavía no tenía pensado regresar. Algunas heridas no cicatrizan solo con el tiempo; aunque se esté del otro lado del mundo, nos siguen hasta que las aceptemos, las olvidemos o ya no importen.

Juan salió de la cocina mientras Joaquín se despedía de Eleonora en la puerta.

—Ven —le dijo Joaquín a Juan—, que quiero presentarte a quien va a tomar la posta.

—Así que tú eres la valiente que se anima a esta casa...

—Supongo que sí —dijo ella tras unas risas—. O quizás soy otra perdida más buscando respuestas en un nuevo idioma.

—Entonces encajas perfecto.

Cuando ella se fue, Juan le entregó a Joaquín una carta que había sacado del buzón. Con el peso de las dudas acumuladas en sus dedos, la abrió.

«Sí no es muy tarde, quiero que sepas que aún estoy aquí».

Perplejo, salió a la calle y miró a ambos lados, buscando testigos al remitente, porque no le había hecho falta mirar la firma para saber de quién era; hay caligrafías que se quedan grabadas en la memoria con la misma fuerza que los reproches. El trazo firme de Clare, el mismo que tantas veces había visto en notas pegadas en la nevera, aparecía ahora como un fantasma, descomandando la tregua que se creía haber firmado con el pasado.

Volvió a leerla y, por un momento, pensó en romperla, en deshacerse de esas palabras que todavía pesaban más de lo que quería admitir; sin embargo, tal vez por costumbre, por la necesidad de conservar un último pedazo de lo que fue, la dobló despacio y la guardó, sin saber si era un gesto de cierre, de cobardía, o una señal de que los capítulos cerrados siempre dejan algo más por aprender, incluso cuando creemos haber llegado al final.





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Sinopsis: TRES AÑOS. MUCHAS DESPEDIDAS. UN NUEVO COMIENZO.

Después de tres años en una ciudad extranjera, Joaquín prepara su maleta para comenzar de nuevo en otro lugar. Mientras se despide, los rostros, los objetos y los silencios lo enfrentan con lo que fue, lo que ya no es y aquello que todavía no sabe qué será. En apenas unos días, viejos afectos y encuentros inesperados le devuelven fragmentos de sí mismo y distintas formas de entender el amor, la identidad, la soledad y la pertenencia. Joaquín no solo es un migrante que parte: seguir adelante no siempre significa olvidar lo vivido, sino aprender qué permanece en nosotros cuando volvemos a partir.


Sobre el Autor

Agustín Piatti nació el 17 de septiembre de 1984 en Santa Rosa, La Pampa, Argentina. Es Licenciado en Comercialización, con especialización en marketing, ventas y organización de eventos.
Se formó y desarrolló profesionalmente en Córdoba, Argentina y tras un breve paso por Colombia, vivió varios años en Inglaterra. Actualmente reside en España.
Luego de años vinculado al mundo empresarial, creó su primer blog profesional. Con el tiempo, encontró en la escritura creativa un canal para explorar y compartir su costado más humano, sensible y reflexivo.
Actualmente cuenta con dos libros publicados, Opciones de vida y De paso por la vida, obras que recorren algunos de los caminos por los que transitamos como seres humanos y reúnen reflexiones surgidas de sus propias experiencias y de los distintos lugares que han formado parte de su recorrido, plasmadas a través de diferentes personajes.



Agustín Piatti - Todos los derechos reservados.
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