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Y sin embargo, se muere

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       Había pasado los 60 y aunque no se notaba, Esther era de esas mujeres que sabían cargar con los años sin que pesaran. Su andar era calmo, pero firme. Su presencia, ligera. No tenía hijos, ni pareja, ni demasiadas pertenencias. Pero sí una biblioteca inmensa y una serie de costumbres que nadie más comprendía.      Se levantaba temprano, se preparaba un café que bebía sola en el jardín, anotaba pequeñas reflexiones en un cuaderno y hablaba con los colibríes, como si fueran viejos conocidos. Pero esa mañana, algo distinto ocurrió.      No fué un temblor, ni una tragedia. Fue una noticia, de esas que llegan sin pedir permiso. Murió un vecino, uno que ni siquiera conocía bien. Pero su muerte la sacudió porque si bien no era cercana, sí posible. Y la posibilidad es a veces más inquietante que la certeza.            Ese hombre se había ido así nomás, una mañana cualquiera, como quien se olvida...

Tres puntos suspensivos

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Porque llegó su cumpleaños, y llegó la universidad y el título. Llegó el primer trabajo, el segundo, y su proyecto personal. Llegó el beso que soñó, y llegó el amor, y el amor después del amor. Llegó el sol después de la tormenta y el tiempo de conocerse a sí mismo. Porque llegó el viaje anhelado y las cien y una historias que una vez imaginó, Junto a las personas con las que jamás pensó.   Porque llegó el fin de semana y las vacaciones, y llegó el coche y la casa frente al mar. Llegó lo que esperaba, y a veces mucho más.   Porque llegó el amigo desde el otro lado del mundo. Llegaron los momentos que ansiaba repetir y también llegaron las sorpresas. Porque llegó el día que se despertó ante una vocecita que le decía «papá».   Porque así como llegaron a los que estuvo esperando, llegaron los momentos en los que algunos se fueron. Y también llegó el día en el que la herida ya no dolió.   Llegaron los f...

Sobre la felicidad...

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     Juan y Pedro vivían a las afueras de la cuidad en dos casas continuas, de idénticos tamaños y semejanzas. Modestas, las dos, pero equipadas con lo básico y sustancial. Ambos iban a su trabajo en coches de similares características, donde trabajaban de vendedores con un salario promedio que les permitía mantenerse y darse algún gusto cada cierto tiempo.      Lo anecdótico era que, hacía pocos años atrás, Juan poseía una inmensa mansión, con más de veinte habitaciones, amplio s jardines y las comodidades propias que otorga un caserón de tales características. En solo un año, ganaba con su empresa lo mismos que a otros les lleva toda la vida, y además contaba con una colección de coches deportivos, uno para cada fin de semana, dependiendo la ocasión… pero cuando sus cosas comenzaron a ir mal, su mansión, junto a su colección de coches y a todo su dinero, se esfumó tras un embargo.      Algunos familiares le ayudaron a pagar esa casita humil...

Universidad de la vida

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       Sentado sobre un cordón de vereda, y bajo un frío azul de invierno, Enrique mantenía su mirada posada en los viejos cristales del bar de enfrente, lugar donde había estado su última treintena y que hoy, con un cheque de retiro en sus manos, inspiraba obnubilado entre un pasado que había sido su presente hasta hacía unas horas y un futuro sin respuestas por no conocer las preguntas.      Guardó el cheque en su pantalón a rayas de tiro corto y bajó su mirada hacia sus zapatos que hacían juego con sus tiradores negros; la vida parecía barajar y dar de nuevo, y Enrique se había quedado sin cartas y sin saber las reglas del juego.       Mesero de profesión, supo escribir una vez que tomó un avión con el motivo del casamiento de su hija, en Madrid, y debió completar el formulario de preembarque en el aeropuerto, hacía ya más de quince años. Oración corta y simple, que tantas veces expresó cuando se lo preguntaban o mencionaba cada ...